El vaso de la paciencia

En esta entrada os hablaré de un par de técnicas que conozco para hacer que los alumnos hagan caso de los rollos que soltamos muchas veces. Estoy dando clases a una niña de 8 años y la pobre hay veces que está pensando en las musarañas, o yo no sé qué. Da igual cómo le cuente los contenidos, los ejercicios, ella está a otra cosa. Aunque no me gusta mucho la idea, hemos tenido que recurrir (incluyo a sus padres claro) a “técnicas de refuerzo y castigo” para que se comporte adecuadamente. La consecuencia es que se está volviendo algo interesada (yo también lo estaría la verdad).

Hace tiempo me hablarón de una técnica: la de ir anotando números en la pizarra a medida que los alumnos molestaran en el aula. Cuando era el momento del recreo, los chic@s se quedaban tantos minutos como la cifra que había anotado el maestro. Modifiqué ligeramente esta técnica y la apliqué en mis prácticas de maestra. Mi tutora se marchó del aula y me dejó a cargo de 20 niños de unos 10 años que me miraban fijamente. Como es normal, al ratito empezaron a hablar entre ellos hasta que llegó un punto de “minirebelión”: conflictos entre “bandas”, gritos,… No soy de enseñar los dientes, no me gusta gritar ni mucho menos. Así que tranquílamente dije: “Mirad chicos, esto de aquí… (dibujé un vaso lleno en la pizarra) es mi paciencia. No me importa que estéis hablando, lo que no puede haber es este escándalo porque tenéis compañeros … (bla bla bla, razonando por qué hay que comportarse bien). Ahora mismo está lleno, confío en que vais a hacerlo bien. Incluso habrá alguno que aproveche para adelantar trabajo para casa. Pero si en lugar de eso, decidís hacer lo contrario, os vais a tener que ganar mi paciencia en el recreo. El tiempo que perdéis aquí lo ganamos más tarde, no pasa nada.” (¿que no pasa nada?! pensarían ellos). La reacción fue excelente. Se pusieron a hacer los deberes del día, algunos se pusieron a hablar bajito con los compañeros. El que se dedicaba a incordiar a los demás, decidió dejarlo para otro momento… Lo que más me sorprendió fue que ellos mismos eran los que se controlaban unos a otros “¡chico! ¡deja de tirar eso que el vaso se va a vaciar”.

Al día siguiente fueron ellos los que me recordaron que pintara el vaso. Lo seguí haciendo durante dos semanas, al final lo dejé de utilizar porque no hacía falta.

Ahora quería hacer algo semejante, pensé en otra técnica: calendario con caritas. Consiste en hacer una tabla en blanco que se va llenando de caras (sonrientes cuando se porta bien, tristes cuando no). Pensé que entre las dos podríamos confeccionar una lista de acciones y actitudes que detallaran de manera más concreta qué es portarse bien o mal. Así que dedique un folio para cada listado y escribí un ejemplo:


  • Consigo una :) cuando: escribo respetando los márgenes.

  • Consigo una :( cuando: juego con la silla (es una giratoria y cuando le pregunto algo, empieza a dar vueltas poniéndo cara de concentración. Al final se le olvida la pregunta).

  • Consigo una ^.^ (carita chachifeliz) cuando: tengo imaginación.


Las reglas del juego son las siguientes, cuando hay algo que esté haciendo mal le pregunto ¿crees qué lo que estás haciendo esta bien?, ¿por qué? Al final tiene que ser ella la que vaya anotando en la lista. Una vez que aparezca escrito, si lo vuelve a repetir debe ponerse la carita que le corresponde (si no lo hace, no respeta las reglas, y gracias a su sentido de la justicia… no puede negarse a hacerlo). Por cierto, como dato curioso, ha decidido escoger un bolígrafo de cada color para las distintas caras :).

¿Resultados? Solo llevo un día y ha anotado dos cosas en la lista negativa (insultar y hacer muecas… muchas muecas, tantas que pierde el hilo de lo que dice). Se ha portado mucho mejor que otros días, aunque hemos vivido un momento bastante tenso. Me he tenido que enfadar. No me gusta enfadarme. Incluso cuando lo intento se me mueve el labio inferior para sonreir. Sin embargo, la situación podía conmigo. Así que le he soltado un sermón. Se ha frustrado mucho y no quería hacer los deberes. Una vez se puso así y no conseguí que se le pasara el cabreo. Parece que voy conociéndola un poco más, porque ha acabado riendo (estábamos con un dictado, había puesto arrod en vez de arroz. Le hice referencia a eso y al final acabé imitando a los chinos diciendo “aloz” para que no volviera a cometer esa falta). El resto de la clase ha ido genial.

Es dificil hacer despertar el gusto por el aprendizaje a estas edades. Les importa más otras cosas, mucho más atractivas que las palabras… como el juego. Por eso no viene mal acercar el juego al aula.

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