Este niño funciona así

El pasado fin de semana, unos amigos me preguntaron en qué medida puede influir un profesor en el desarrollo del niño y cuál es su limitación al respecto. En contestación diré que un profesor desde que desea serlo debe tener muy en cuenta la influencia que va a ejercer sobre el alumno. Ésta no es tarea fácil, es más si piensas que vas a estar libre de cargos y responsabilidades, te digo que ésta no es tu profesión. Quien se piensa que el profesor solo tiene que llevarse bien con los niños, ser un “colega”, está muy confundido.
Las limitaciones en este campo, yo las consideraría más bien morales. Cada profesor decidirá cuánto va a poner de su parte en la relación educativa y hasta que punto va a dedicar sus esfuerzos al aula.
¿Por qué un profesor tiene que influir? La razón fundamental es que le importa el desarrollo del niño. Si nos diera igual lo que le suceda al alumno y qué va a ser de él, sólo nos centraríamos en la transmisión de conocimientos. Pero la Educación es mucho más que eso, es más que aprender contenidos o conceptos, también es aprender valores morales.
Si un profesor influye en el alumno, ¿ya se le puede considerar buen profesor? Esta claro que no, una persona puede influir tanto para el bien del alumno como para sí mismo. La función principal del profesor no es beneficiarse del acto educativo. Siempre será el alumno quién recibirá las “ganancias” de la Enseñanza.
Esto me recuerda lo que me sucedió el día que fui al Museo Reina Sofia con un grupo de 20 niños de 4 a 10 años. Acompañaba a las coordinadoras juveniles de mi localidad, mi función como monitora voluntaria era organizar los grupos, estar pendientes de los chavales y hacer todo aquello que la situación me “pidiera”.
Cuando subimos al museo teníamos que hacer una gran fila india. Uno de los niños no hizo caso. Había pasado toda la mañana aislado del grupo aún teniendo a su hermano pequeño en él. Siempre miraba al suelo y no quería hablar con nadie. Una de las coordinadoras le agarró del brazo y dándole un tirón dijo: “Laura, Este niño funciona así”. Me había visto observándolo y quería darme una lección de “cómo” actuar con este “tipo” de niños. Su forma de “resolver” la situación no me gustó en absoluto. Está claro que es la manera más fácil de arreglar el problema (llevar el control sobre todo el grupo, para que ninguno se perdiera). Aún así, ella era más mayor que yo, y por lo tanto me ganaba en experiencia y también…¿en sabiduría? No lo sé, pero opté por seguir observando la situación y comprender de alguna forma la actitud que tenía el chico en relación al grupo.
Era un niño de unos 7 años. Tenía los ojos muy cerrados y unas ojeras de espanto. Me parecía un tanto siniestro el aspecto que tenía, quizá por el contraste de su piel blanca con las ojeras moradas. Le había preguntado varias veces su nombre pero no me respondía. Estaba claro que prestarle atención no le gustaba en absoluto, se sentía intimidado. Quería que le diera un poco de espacio.
Fue en el ascensor cuando se me ocurrió comentar algo. No me pregunteis cómo se me ocurrió, lo que tengo claro es que si lo dije fue por que sabía que iba a hacer efecto en él aunque no sabía muy bien de qué tipo. Dije lo siguiente:
“Dios, que altos estamos desde aquí ¿verdad? ¡Madre Mia! Y que enanas son esas personas de allí, ¡Si parecen hormigas!”
Y fue entonces cuando vi, por primera vez en toda la mañana una reacción en él, se reía tímidamente. Me llamó la atención su sonrisa un tanto pícara. Cogí al vuelo que ese era el tipo de bromas que le gustaban a él. Aún así, no hice ninguna muestra que reflejara mi interés hacia él.
Fue a la salida cuando ocurrió lo más sorprendente de toda la mañana, tuve mi primera conversación con él. Y en tres frases descubrí el meollo del asunto. Cuando salimos del museo era “la hora del bocadillo”, un recreo pero en la entrada del Reina Sofia. Estaba preocupada ya que había una exposición de Arte Contemporáneo algo peligrosa para los niños. Consistía en unas infraestructuras de hierro que giraban en torno a sí mismas. El niño del cual os hablo, fue el primero que se acercó a ellas, y los demás no tardarón en seguirle. Para alejarlos de allí, y conociendo el humor del chico dije:
“¡Cuidado! ¡¡¡No os pongais tan cerca de esos barrotes!!! Porque os pasará lo mismo que a mi pobre amigo Fran” Lo dije dramatizando bastante y todos los niños contestarón: “¿y qué le pasó?”
“Pues de taaanto acercarse a eso que estais viendo, se hizo un chichon enooorme en la cabeza, ¡tan grande!, ¡tan grande! ¡Que luego no le entraba la gorra!” contesté. Todos se rieron y se fueron del sitio, menos ese niño que me contestó: “Claro, y te revienta la cabeza. Y se te sale el cerebro, y llenas a los demás de sangre”
Nunca le había visto tan animado. No escatimaba en detalles. Sinceramente, estaba realmente asustada por las barbaridades que me estaba contando, pero en el fondo me alegré de que fuera capaz de expresarse. Que se sintiera a gusto hablando con alguien. Le pregunte: “¿Cómo es qué tienes tanta imaginación?” a lo que me contestó: “Es que por la noche mi padre me deja ver la tele hasta muy tarde, y veo muchas películas de miedo.”
Creo que no cuesta tanto escuchar a un niño que pide ser escuchado. Solo hay que tener un poco de tacto.
En relación a la introducción que he dado, en esta experiencia se muestran 3 maneras de influir al chico: la que ejerce la coordinadora (que le da el tirón en el brazo para que RÁPIDAMENTE se incorporé al grupo), su padre (que le pone el televisor en vez de contarle un cuento antes de dormir) y yo (al hacerle bromas de ese tipo, escuchándolo y sin mostrar en ningún momento rechazo por sus comentarios).

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