Exámenes y días improductivos

Los exámenes y los días improductivos mantienen una relación muy extraña, a medida que los primeros se acercan los segundos incrementan (o eso intentan). Aparecen cuando menos los deseas y vienen con toda su voluntad para quedarse y arruinarte la vida. Y si ya estamos en verano y hace unos 40 grados, las bibliotecas no abren y el ventilador de tu casa no te satisface, imaginarse una sesión de estudio pasa a ser cosa de ciencia ficción.

El verano y los estudios nunca se llevaron bien. En realidad siempre hay escusa, en invierno es la maldita bata de andar por casa. Ella se hace pasar por tu amiga, pero no, es un ser maligno y no quiere que apruebes nunca. Se muere de envidia, ella nunca podrá ser algo más que una bata… aunque eso ya sea una gran cosa (no posee capacidad para ser consciente de ello, una pena).

Sí, el verano es complicado. Tus neuronas se han ido de vacaciones a un lugar mejor, y tú que has dedicido quedarte para ahorrar algo de dinero y sacarte esas asignaturas te sientes completamente abandonado a tu suerte. Las pocas neuronillas que te quedan están medio derretidas, o lo que es peor, se han evaporado o expulsado por múltiples vías.

Hoy pintaba ser uno de esos días, no sabría decirte por qué pero sí, lo sabía. Y sabiéndolo no te creas que he dicho «conviértelo en algo productivo», ¡qué va! Me he puesto a trastear con el Ipad hasta puntos muy serios, y he encontrado una vía de escape: dibujar. Siempre me ocurre las semanas anteriores a cualquier prueba, me entran unas ganas horribles de dibujar. Podría escribir las ideas en un cuadernito y dejarlo para otro momento, pero he comprobado que esa no es solución. Luego nunca llega a salir nada o si sale algo, te falta lo más importante: inspiración (digamos que sale la versión Joker de tu Batman imaginario).

He estado unas 5 horillas dibujando a una muchacha (se supone que es la actriz Jennifer Connelly) que aquí os muestro. Hacerlo no ha estado mal del todo. Había momentos en los que me sentía muy orgullosa, luego no tanto. Quise experimentar un poco, y coloree los labios, ojos y el bañador de rojo y azul (¡wuau! ¡menudo invento Laura! lápices de colores en el Siglo XXI). Si crees que no era para tanto, te confieso que lo he pasado mal. Una tensión encima que no veas, sobretodo cuando imaginaba que lo iba a estropear (como si los colores fueran a comerse el papel o algo así). Luego me he dado cuenta de que no. Está bien eso de probar cosas nuevas, uno se sorprende y quizás aprende algo que mejore lo anterior.

Me han hecho falta 24 años para cambiar de lápiz a color, me haría falta unas cuantas vidas para probar todas las técnicas si sigo a este ritmo. En realidad estoy exagerando, en el colegio tuve que pintar con muchos materiales. Lo extraño era que no me gustaban las clases de arte. Le cogí bastante asco en el instituto (uno de los motivos por los que dejé de pintar durante mucho tiempo: me habían inculcando estúpidamente que lo importante de dibujar es calcar la realidad o seguir unas técnicas aprendidas). Me pregunto si algún día sacaré mi propio estilo, algo realmente mío, como aquello que dibujábamos de pequeños. Nunca corrigáis el dibujo de un niño, es su manera de expresarse. No le robemos eso que tenemos tan maravilloso… luego nos quedamos en la amplia gama de los grises.

Empecé a escribir este post con otra idea en mente. Quería aconsejar algo… creo. Sobre los días improductivos, que puede que no lo sean tanto. Ese ha sido mi caso: no me sé más la lección pero al menos tengo un dibujo. Y en el caso de que no sacara las asignaturas y no me concedieran la beca, pues podría vender mi obra y pagarme con ello la carrera. Aunque sería bastante absurdo pagarse la carrera haciendo cuadros, ya que tu momento máximo de inspiración coincide con la época de exámenes. Estaría pagando una carrera que no me estoy sacando.

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