Una carta a la Muerte

Si pudiera escribirle una carta a la Muerte, ¿qué le diría? Un tema escabroso del que pocos se atreven a hablar. Pero ahí está, nadie la puede evitar. ¿Te animas a continuar?…


Querida Señora muerte, me alegro no haberte conocido.

Perdona mi descaro pero viene por un miedo arraigado. Te parecerá una tontería pero estoy acostumbrada a vivir, y el hecho de imaginarte ya me asusta… ¡no comprendo otra cosa que no sea la vida!

Y yo que soy tan preguntona curiosa te hago la pregunta siguiente: “¿qué pasará conmigo que no soy creyente?”.

Por lo que cuentan cuando se es pequeño uno cree en algún dios, al que olvida cuando entra en la juventud y al que reencuentra en la vejez. Por el momento cumplo con la normalidad… Pero si eso no llegara, y para entonces aún la muertefe no me haya convencido, ¿cuál será mi destino?

A quien pregunto tampoco sabe dar respuesta, dando igual su cultura o su sapiencia. Por lo que creo que no es cuestión de inteligencia… ni tampoco de ciencia.

Así que con esa duda en mente me pongo a buscar soluciones, y me digo “al menos el día que ocurra, esté lo más tranquila posible”. Pienso entonces en aquellas cosas que me relajan y me hacen estar en paz. Por ejemplo, echar a correr. Pero claro, si me pillaras ya anciana, las piernas no me harán justicia, y el verme dando zancadas con bastón de por medio sería todo menos una muerte digna.

Rumiando esta idea (no la de la vieja atleta, sino la de buscar la paz) pienso en que pintar también me relaja… pero sería algo engorroso sacar tinta y plumilla, ¡y más para el que me encuentre y le toque limpiar!.

¡Ya lo tengo! Me queda algo, esa que siempre estuvo ahí (aunque alguna vez se hiciera la loca)… mi mimada conciencia. Y en ella sí que creo… si lo dejo todo atado, ¡me sentiré a salvo!.
En realidad sí soy creyente, ¡estaba equivocada!, tengo fe en aquello que en mí dependa.

Me despido Muerte, sin antes decirte que espero por ahora no verte

La fábula de la sirena, la cucaracha y la enfermera

Con motivo del concurso de relatos breves celebrado en el hospital donde trabajo, se me ocurrió una pequeña fábula. Tan pequeñita era que no daba ni el mínimo para participar, y tampoco le di más vueltas para intentarlo, lo confieso. Sin más rodeos aquí la dejo:

Cuenta la leyenda que no muy lejos de aquí, en el Clínico San Carlos, se hallaba una hermosa fuente de la que ahora os hablo…

En el centro del monumento descansaba por el día la figura de una sirena, mientras que en la noche se deshacía entre sollozos de agonía. Y es que la criatura se quejaba de que sus miembros no movía y así lo decía:
“Otra noche vuelve y aquí me encuentro, en la oscura soledad, una joven dama que enjaulada está por no poder nadar ni caminar. Simplemente siendo lo que soy, nunca podré cambiar.”

Una cucaracha que por ahí paseaba, escuchando los quejidos se acercó para darle conversación:
“¿Y de qué me valdrá tener patas y poderme desplazar? Si con mi aspecto todo el mundo se echa para atrás, ¡o lo que es peor, me intentan matar!”

Susana, una joven enfermera, que del turno de tarde salía, afectada por el cansancio o por el desvarío, a ellos le respondía:
“Al menos vosotros llamáis la atención, aquí nadie parece querer saber quién soy”

Una rata que por ahí rondaba, se acercó al oír tanta palabrería. La maldad y la osadía de la peor alimaña, una bruja enmascarada, interrumpió para retorcer la situación. Mientras, la cucaracha, haciendo honor a su fuerza y astucia, huyó sabiendo a lo que escapaba. Porque bien conocía las intenciones de aquella rata.

“Os entiendo perfectamente “- dijo la bruja peluda -” sé muy bien cómo os trata la gente. -“Yo le pedí a la luna que me transformara en paloma, porque mi gran deseo es tocar el cielo. Ella cedió a mi petición, a cambio de satisfacer los deseos de otros dos.”
Tal era la desesperación que tanto la sirena como Susana accedieron.

“A ti dulce sirena, no solo podrás andar y nadar ¡incluso podrás brincar!”
Así fue como la convirtió en una fea rana que no pararía de croar. Así perdió para siempre ese canto que a los hombres podía enamorar.

“Y a ti querida Susana, serás vista por todos los que al hospital vayan a pasar”.
En una figura de mármol, en la fuente, la hizo transformar.

Desplegó las alas, la pícara paloma, dejando para siempre aquel lugar.

Cuentan que en las noches más oscuras, aún se escuchan los croares de la triste sirena y los sollozos de la enfermera, que dejándose llevar por los comentarios no supieron apreciar aquello que les hacían tan especial.

Moraleja: “Cuidado con lo que deseas, porque se puede cumplir”